Para empezar a ver los Símbolos - Instituto de Estudios Naturales
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Para empezar a ver los Símbolos

Para empezar a ver los Símbolos

Curso-simbolos-sagradosJavier Pérez, Doctor en Literatura por la UCM y profesor en los cursos de I Ching y Símbolos Sagrados en IEN, nos regala este bello texto en el que reflexiona sobre la diferencia entre el “ver” y el “mirar”, y sobre cómo, si uno se quiere acercar al significado y la vida de los símbolos, solo puede hacerlo desde el estado consciente y despierto que caracteriza al “ver”. Le damos la palabra:

Las palabras son un bien imprescindible. Las imágenes también. Vemos imágenes en todas partes. Se habla mucho, pero se imagina más.
En español tenemos dos verbos que diferencian la actitud del oído. Usamos ‘oír’ y ‘escuchar’ con matices distintos. Uno escucha a las personas queridas y probablemente oye la radio. Sin embargo para la vista tenemos dos verbos paralelos a estos dos, aunque sus diferencias no son tan claras. ‘Ver’ y ‘mirar’ cada vez se nos hacen más iguales. Sin embargo en la historia del idioma no ha sido así. Hay muchas cosas para ser miradas: escaparates, espectáculos deportivos, puestas en escenas de las multitudes, medios de masas, la calle misma… Sin embargo para ver en ellas hace falta una profundidad interior, lo que llamaríamos el espacio que hay en uno. ‘Ver’, con respecto a ‘mirar’ tiene una característica luminosa: se dirige en torno a la luz, al espacio que falta. ‘Mirar’ va a los objetos, a la materia, al contenido. ‘Ver’ va a los bordes, al espacio que falta y que llena. Sólo con el ‘ver’ se puede percibir el color del aire que nos separa de las cosas (y describir este color, para Baudelaire, era la esencia de la poesía, por eso sólo se puede disfrutar del arte con el ‘ver’, nunca con el ‘mirar).

¿Qué nos ocurre al tener imágenes tan cambiantes en las calles, la casa, en el trabajo? Lo mismo que si escuchásemos a varias personas a la vez: que acabamos sólo oyendo, a la ligera. Solemos estar más entrenados para mirar que para ver. Para ver hay que empezar por hacer sitio en uno. ‘Ver’ es una posesión con una atadura sutil, pero nunca pesada. Como el que se compromete por disfrute. Si mirar es poder distinguir una figura de otra, ver es percibir lo que diferencia esa figura de este momento. Uno mira para desear y ve porque adquiere. Lo deseado siempre es algo propio, aunque parezca ajeno, siempre estuvo en uno y el error, probablemente, es sentirlo fuera, convertirlo en porvenir. Sin embargo para ver no hace falta convertir las cosas en futuro, basta con dejarse en ellas, tenerlas en la mano o a unos pasos y sentir su filiación, su color y su forma. Uno puede ver una piedra como ve la obra maestra de un ebanista o un rascacielos monumental: un espacio que respira con nuestro aliento, una pieza seductora y enigmática. Y una vez vista la cosa pasa a nuestra vida y eso no lo permite el mirar, que pasa por encima, para preocuparse en otra cosa. Una vez vista esa piedra o ese monumento, se ha integrado en nuestra vida, aunque los olvidemos. Uno recuerda las cosas que vio, no las que miró. Uno sólo podrá revivir aquello que ahora vea, no lo que mire. Estar despierto, en buena medida, es ver.

Cuando uno se acostumbra a ver, a integrar, van llegando otras capas de la vista, como pueden ser la contemplación, que se podría definir como llegar a ver prescindiendo de las palabras. Y percibir, que es llegar a tener palabras sin tener aún delante la imagen. Uno percibe objetos más completos, más llenos, como contempla espacios más amplios y experiencias más hondas. Una vez comienza a aprender a ver, uno gana en calidad de las cosas que le rodean, porque la cantidad es desbordante, pero extraña vez resulta suficiente para satisfacernos. Lo bueno nos llena mejor que lo mucho.
Cuando aún se podía ver con relativa facilidad, las obras de arte se construyeron en torno a símbolos, al igual que las religiones, las ciencias y las ciudades. El símbolo es algo más que una imagen y sólo se diferencia de ésta cuando se aprende a ver. El Símbolo, por decirlo de alguna manera, es la condensación máxima del ‘ver’. Es el ‘ver’ ya vivo, dotado de vida por todos aquellos que dejan en ellos mismos un espacio para que el símbolo viva. Por eso estamos cruzados de símbolos y descubrirlos  desde el ver es la propuesta del taller de Símbolos Sagrados.

Javier Pérez escribe en su blog, entre otras cosas, sobre la esencia del símbolo. Puedes visitar su interesante blog pinchando aquí

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